viernes, 14 de febrero de 2014

Bucle

    Esa sensación de dejá vu constante, de vivir en un bucle. Encontrarse a uno mismo haciendo, diciendo o incluso pensando lo mismo empieza a convertirse en un hábito, terminando por pasar inadvertido. La vida, acostumbrada a luchar duro por su subsistencia, no sabe muy bien que hacer con la humanidad, que ha construido una cúpula de inmutabilidad alrededor de su civilización, protegiéndola de los cambios. El mayor problema que esto supone es que no es sino el cambio el que nos hace percibir el paso del tiempo.

    A un nivel individual, el ser humano vive en ciclos. Pero estos ciclos siempre tienen puntos de fuga, momentos en los que se puede escapar a otros ciclos distintos. Están marcados por acontecimientos, puntos de inflexión en nuestras vidas en los que simplemente no pueden seguir siendo las mismas. Podría poner un millón de ejemplos, pero creo que es fácil hacerse a la idea. Siguiendo esta misma lógica, un ciclo puede hacerse cada vez más pequeño si los puntos de fuga conducen a los mismos acontecimientos. De esta manera el cambio no solo desaparece, sino que se reducen las posibilidades de que vuelva a aparecer. La comodidad de saber lo que va a pasar y estar preparado no deja de ser una ilusión, pero es poderosa, y con cada ciclo menguante la persona desarrolla inevitablemente una aversión al cambio, que puede arrebatársela de un plumazo.

    Pero el cambio no debe ser temido, evitado, mortificado. Debe ser la gente la que propicie sus propios cambios. Tener control sobre tu vida significa saber cuando acaba un ciclo y empieza el siguiente, y actuar en consecuencia para obtener el paso. El acontecimiento debe ser creado por uno mismo, pues es la única forma de ser amo de la propia vida.El conocimiento de uno mismo y la introspección son los únicos que te pueden decir los detalles, puesto que en un final solamente vives tu propia historia y todo lo que no puedes controlar es simplemente decorado. El destino no es irremisible, es algo que tenemos en nuestras manos cuando dejamos de vernos como indefinidas copias de Dios y nos conocemos como los únicos y personales mundos propios que somos.

    Nietzsche defendía una visión cíclica del tiempo, el eterno retorno, que postulaba que trás la destrucción del mundo éste volvería a crearse, repitiéndose exactamente todos los acontecimientos que tuvieron lugar la última vez. Para algunos esta progresión es algo descorazonador, pero yo opino a través de este concepto se puede hayar un sentido de la vida sorprendentemente simple y universal, un destino último aplicable a absolutamente todo; debe vivirse de forma que lo mejor que te pueda pasar sea repetirlo eternamente.

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