Era temprano por la mañana en una de esas noches invernales de oscuridad
pesada y lenta. Hacia frío y desgana, pero saltó de la cama. El
congelado tacto del suelo de piedra pulida le punzó la planta de los
pies y fue dando brincos sobre las puntas de los dedos hasta la cocina,
con la manta echada sobre los hombros. Tras encontrar un cazo, lo llenó
de leche y silbó una breve melodía de tres notas. Unas llamas, más
parecidas a hebras de fuego, finas como hojas aparecieron bajo el cazo y
desaparecieron unos segundos después. La leche soltaba volutas de vapor,
y se la bebió directamente del cazo.
Con la garganta quemada y considerablemente más despierto, cogió del
armario de uno de los quince conjuntos exactamente iguales que tenía :
Camisa y pantalones negros parduzcos de cuero, botas de piel y leotardos
verdes, al menos para esa época del año. Una vez vestido se dirigió
hacia su mesa, donde había un libro abierto por la mitad, con solo la
primera página escrita. La mesa no llegaba a los dos palmos de altura,
así que se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas. Empezó a pasar
páginas hacia atrás hasta que algo capto su atención. Leyó avídamente
moviendo los labios, todavía no sabía muy bien. Cuando paró,levantó la
cabeza, cerró los ojos y recordó por largo rato.
Ya era hora de irse o el sol saldría antes que él. Aunque eso era
totalmente irrelevante,también era una norma, y no tenía que tener
sentido, solo significado. Crujió cada uno de sus entumecidos dedos a la
vez y luego por separado. Antes de salir, destapó una caja de madera y
sacó su guante. Era un guante blanco de lino, ajado por el uso pero sin
un rasguño, y tenía tres lineas bordadas en cada una de las falanges y
una espiral en la palma. Lo sacudió un par de veces y se lo puso en la
mano
derecha. Con un corto tarareo, la puerta cedió de sus bisagras y cayó
hacia la hierba, brillante del rocío.
No era tarde ni tampoco temprano. Simplemente una de esas noches
persistentes y frías que no se quieren ir. Él no tenía prisa, y es que
tenía el día entero por delante. Mirando alrededor solo veía horizontes,
pero sabía a cual perseguir. Echó a andar mientras se ajustaba el
guante. Alimentarse era vital, y hoy había que ir a cazar ideas.
viernes, 13 de diciembre de 2013
sábado, 7 de diciembre de 2013
Sin titulo
El
sistema ha habituado a la gente a sentirse sucia. Saber que irremisiblemente
formas parte de él genera un malestar culpable, siendo como es el origen y la
fuente de todo lo malo. La casta con la moralidad más baja de todas siempre ha
detentado el poder, arrancándole los ojos a su avaricia y sacrificando su
humanidad en pos de un ansia de poder imposible de saciar. Pero incluso esta
senda autodestructiva ha perdido su épica en estos días; el triste espectáculo
de nuestros gobernantes bailando claqué al son del tintineo del dinero que les
cae solo es comparable en absurdez al hecho de saber que morirán bailando antes
que ver el dinero dejar de caer. Los locos megalómanos y ruines de la
antigüedad al menos perseguían su loca idea de ejercer su poder absoluto, y era
ese interés el que les movía a actuar vilmente. Estos fantoches ni siquiera le
ponen ganas a lo de ser malos, solo son unos espabilados. El poder absoluto ha
dejado de ser el despiadado sueño de un demente dispuesto a todo y se ha convertido
en personas tangibles pero igualmente invisibles. Agitan un billete ante todos
y dicen “El que traicione a todos los demás tendrá todos los que quiera”. Y así
se hace un líder hoy en día.
Hay
cierta ironía en el hecho de que se nos conceda el don de la dignidad, algo con
lo que no nacemos, aprendido. Una vez conoces el sistema, entiendes que no
sabes nada que él no te haya enseñado. Por definición, la dignidad es parte del
sistema. Cuando esta dignidad no se basa en motivos personales sino humanos,
uno no puede evitar sentirse sucio de pertenecer a una máquina tan
deshumanizada y cruel.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Ignorante
¿Podría
la pérdida de tu estulticia, humano ignorante, ser el mayor beneficio para una
humanidad tan agónica como inconsciente de ello? Tú, que vives rodeado de
hechos que casi podrías agarrar con la mano, eres el que elige obviarlos,
haciendo lo superfluo importante y lo importante mentira. Dices rendir culto a
la vida y sus placeres pero la circundas de una muralla de escepticismo y
miedo. ¿Y qué clase de satisfacción vas obtener de los mismos placeres una y
otra vez? Tu culto a la vida se reduce a
un miedo visceral a morir y tu vida a una supervivencia discreta y vacía. Y es
vacía porque niegas la esencia misma de la vida: el cambio. Dentro de tu cúpula
de inmutabilidad es fácil y bonito pensar que todo es lo que siempre ha sido y
así permanecerá. Pero una vez más, solo estás siendo ignorante, o tal vez el
más salvaje de los soñadores que exista.
Lo
inevitable ha sido temido paradigmáticamente desde la más antigua civilización.
Ese miedo ancestral está ahora desaparecido y las condiciones de nuestra vida
inducen a la comodidad. Pero ese temor perdura, indefinido y por ello más
abominable que nunca. En tu interior sabes que mentirse a uno mismo tiene
consecuencias, y mucho más predecibles de las que cabe esperar. Puede que
tengas que esperar hasta el último suspiro de tu vida, pero acabarás viendo que
tu miedo es real al materializarse ante ti lo verdad que has estado eludiendo
toda tu vida. Nadie te librará de arrepentirte de haber vivido.
domingo, 1 de diciembre de 2013
Gloria Fuertes
Hace
poco recordé que de pequeño escuchaba durante los viajes en coche un cassete
con poemas de Gloria Fuertes recitados por ella. Gloria Fuertes era una autora
de poesía infantil hasta donde yo conozco. Puesto que en retrospectiva yo era
mucho más pedante de pequeño, los poemas, usando diminutivos ridículos y un
lenguaje muy simple, me parecían estúpidos y que me tomaban por tonto. Sin
embargo, la voz de la mujer, notablemente anciana y achacada, ajada pero dulce,
te atrapaba en su hipnosis. Entre versos, su recitación carrasposa y pausada
dejaba un eco soporífero tan sutil como si te cerraran los ojos con una pluma.
En duermevela por el traqueteo del viejo coche, la voz te transportaba
paulatinamente a un sueño muy ligero, casi lúcido, que parecía dibujado con
ceras pastel y se movía como los dibujos animados de Hanna Barbera. Yo simplemente
miraba, disfrutando del espectáculo de colores. Estaba tan tranquilo, tan
infinitamente despreocupado, que no me importaba ser omnipotente. Observaba
como si mis ojos fuesen el cielo y pudiera verlo todo a la vez. Era creador y
parte de todo cuanto veía. Sin carcasa, era una entidad etérea cuya visión se
extendía a lo largo de todo mi mundo, poniendo ojos donde yo quería ver. Era
Dios.
La
ensoñación se disipaba suavemente, como dándote tiempo a despedirte. Me
depositaba suavemente en mi cuerpo con el mismo traqueteo monótono que me había
hecho caer en ella. Tras unos segundos de reinserción en la realidad, ésta
parecía de repente hueca y absurdamente limitada. Por unos momentos, añorabas
el fatuo mundo onírico ahora desvanecido, asumiendo que sin tu observación éste
se había evaporado y perdido en la neblina del subconsciente. Porque claro,
¿qué es un mundo perfecto sin Dios?
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