sábado, 7 de diciembre de 2013

Sin titulo



El sistema ha habituado a la gente a sentirse sucia. Saber que irremisiblemente formas parte de él genera un malestar culpable, siendo como es el origen y la fuente de todo lo malo. La casta con la moralidad más baja de todas siempre ha detentado el poder, arrancándole los ojos a su avaricia y sacrificando su humanidad en pos de un ansia de poder imposible de saciar. Pero incluso esta senda autodestructiva ha perdido su épica en estos días; el triste espectáculo de nuestros gobernantes bailando claqué al son del tintineo del dinero que les cae solo es comparable en absurdez al hecho de saber que morirán bailando antes que ver el dinero dejar de caer. Los locos megalómanos y ruines de la antigüedad al menos perseguían su loca idea de ejercer su poder absoluto, y era ese interés el que les movía a actuar vilmente. Estos fantoches ni siquiera le ponen ganas a lo de ser malos, solo son unos espabilados. El poder absoluto ha dejado de ser el despiadado sueño de un demente dispuesto a todo y se ha convertido en personas tangibles pero igualmente invisibles. Agitan un billete ante todos y dicen “El que traicione a todos los demás tendrá todos los que quiera”. Y así se hace un líder hoy en día.

Hay cierta ironía en el hecho de que se nos conceda el don de la dignidad, algo con lo que no nacemos, aprendido. Una vez conoces el sistema, entiendes que no sabes nada que él no te haya enseñado. Por definición, la dignidad es parte del sistema. Cuando esta dignidad no se basa en motivos personales sino humanos, uno no puede evitar sentirse sucio de pertenecer a una máquina tan deshumanizada y cruel.

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