El
sistema ha habituado a la gente a sentirse sucia. Saber que irremisiblemente
formas parte de él genera un malestar culpable, siendo como es el origen y la
fuente de todo lo malo. La casta con la moralidad más baja de todas siempre ha
detentado el poder, arrancándole los ojos a su avaricia y sacrificando su
humanidad en pos de un ansia de poder imposible de saciar. Pero incluso esta
senda autodestructiva ha perdido su épica en estos días; el triste espectáculo
de nuestros gobernantes bailando claqué al son del tintineo del dinero que les
cae solo es comparable en absurdez al hecho de saber que morirán bailando antes
que ver el dinero dejar de caer. Los locos megalómanos y ruines de la
antigüedad al menos perseguían su loca idea de ejercer su poder absoluto, y era
ese interés el que les movía a actuar vilmente. Estos fantoches ni siquiera le
ponen ganas a lo de ser malos, solo son unos espabilados. El poder absoluto ha
dejado de ser el despiadado sueño de un demente dispuesto a todo y se ha convertido
en personas tangibles pero igualmente invisibles. Agitan un billete ante todos
y dicen “El que traicione a todos los demás tendrá todos los que quiera”. Y así
se hace un líder hoy en día.
Hay
cierta ironía en el hecho de que se nos conceda el don de la dignidad, algo con
lo que no nacemos, aprendido. Una vez conoces el sistema, entiendes que no
sabes nada que él no te haya enseñado. Por definición, la dignidad es parte del
sistema. Cuando esta dignidad no se basa en motivos personales sino humanos,
uno no puede evitar sentirse sucio de pertenecer a una máquina tan
deshumanizada y cruel.
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