Hace
poco recordé que de pequeño escuchaba durante los viajes en coche un cassete
con poemas de Gloria Fuertes recitados por ella. Gloria Fuertes era una autora
de poesía infantil hasta donde yo conozco. Puesto que en retrospectiva yo era
mucho más pedante de pequeño, los poemas, usando diminutivos ridículos y un
lenguaje muy simple, me parecían estúpidos y que me tomaban por tonto. Sin
embargo, la voz de la mujer, notablemente anciana y achacada, ajada pero dulce,
te atrapaba en su hipnosis. Entre versos, su recitación carrasposa y pausada
dejaba un eco soporífero tan sutil como si te cerraran los ojos con una pluma.
En duermevela por el traqueteo del viejo coche, la voz te transportaba
paulatinamente a un sueño muy ligero, casi lúcido, que parecía dibujado con
ceras pastel y se movía como los dibujos animados de Hanna Barbera. Yo simplemente
miraba, disfrutando del espectáculo de colores. Estaba tan tranquilo, tan
infinitamente despreocupado, que no me importaba ser omnipotente. Observaba
como si mis ojos fuesen el cielo y pudiera verlo todo a la vez. Era creador y
parte de todo cuanto veía. Sin carcasa, era una entidad etérea cuya visión se
extendía a lo largo de todo mi mundo, poniendo ojos donde yo quería ver. Era
Dios.
La
ensoñación se disipaba suavemente, como dándote tiempo a despedirte. Me
depositaba suavemente en mi cuerpo con el mismo traqueteo monótono que me había
hecho caer en ella. Tras unos segundos de reinserción en la realidad, ésta
parecía de repente hueca y absurdamente limitada. Por unos momentos, añorabas
el fatuo mundo onírico ahora desvanecido, asumiendo que sin tu observación éste
se había evaporado y perdido en la neblina del subconsciente. Porque claro,
¿qué es un mundo perfecto sin Dios?
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