domingo, 1 de diciembre de 2013

Gloria Fuertes



Hace poco recordé que de pequeño escuchaba durante los viajes en coche un cassete con poemas de Gloria Fuertes recitados por ella. Gloria Fuertes era una autora de poesía infantil hasta donde yo conozco. Puesto que en retrospectiva yo era mucho más pedante de pequeño, los poemas, usando diminutivos ridículos y un lenguaje muy simple, me parecían estúpidos y que me tomaban por tonto. Sin embargo, la voz de la mujer, notablemente anciana y achacada, ajada pero dulce, te atrapaba en su hipnosis. Entre versos, su recitación carrasposa y pausada dejaba un eco soporífero tan sutil como si te cerraran los ojos con una pluma. En duermevela por el traqueteo del viejo coche, la voz te transportaba paulatinamente a un sueño muy ligero, casi lúcido, que parecía dibujado con ceras pastel y se movía como los dibujos animados de Hanna Barbera. Yo simplemente miraba, disfrutando del espectáculo de colores. Estaba tan tranquilo, tan infinitamente despreocupado, que no me importaba ser omnipotente. Observaba como si mis ojos fuesen el cielo y pudiera verlo todo a la vez. Era creador y parte de todo cuanto veía. Sin carcasa, era una entidad etérea cuya visión se extendía a lo largo de todo mi mundo, poniendo ojos donde yo quería ver. Era Dios.

La ensoñación se disipaba suavemente, como dándote tiempo a despedirte. Me depositaba suavemente en mi cuerpo con el mismo traqueteo monótono que me había hecho caer en ella. Tras unos segundos de reinserción en la realidad, ésta parecía de repente hueca y absurdamente limitada. Por unos momentos, añorabas el fatuo mundo onírico ahora desvanecido, asumiendo que sin tu observación éste se había evaporado y perdido en la neblina del subconsciente. Porque claro, ¿qué es un mundo perfecto sin Dios?

No hay comentarios:

Publicar un comentario